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Por.: Christian Johnson

 

El aeropuerto de Dorval será su calvario

 

Para la religiosa Virginia Zelayo, el Calvario queda en el Aeropuerto Internacional de Montreal. “En este país me devolvieron la vida y de un plumazo me la volverán a quitar cuando me suban al avión en contra de mi voluntad.”

La Sor Mercedaria, de 51 años, comenzó su Vía Crucis el pasado miércoles de ceniza cuando un oficial de inmigración canadiense le informó que su solicitud de residencia, había sido rechazada. “El oficial me dijo que debía presentarme el 24 de abril en el aeropuerto con mis pertenencias personales para ser deportada al Salvador,” contó Zelayo en voz baja, tratando de contener sus emociones.

 

Llegó al Canadá en marzo del 2001, después de los terremotos de enero y febrero  de ese año, que redujeron su escuela a escombros, “Estaba cansada del exceso de trabajo, enferma con diabetes y agobiada con la guerra civil que azotó nuestro país durante tantos años llevándose muchas vidas humanas. Perder la escuela fue la gota que rebasó el vaso.”

 

Sor Zelayo, vino al Canadá a descansar y visitar a unas compañeras de colegio  a quienes no veía desde hace muchos años. “A los pocos días de llegar, comenzó a nevar. Era la primera vez que sentía la nieve entre mis manos.” 

 

Para ella, llegar al Canadá  fue un encuentro con ella misma como individuo. A través  del contacto con personas de tantos otros países que convergen en Montreal buscando mejores condiciones de vida, ella fue encontrando la paz interior que tanto le hacia falta. “Era la primera vez que me separaba de mi congregación. Desde que tuve los nueve años, mi vocación por servir a Dios y a los demás, se manifestó de tal manera, que un día una de las religiosas en la escuela donde estudiaba, me dijo, ‘Ya tenemos tu hábito preparado para ti.’ Prácticamente, toda mi vida entregué a mi congregación.” En el Salvador la vocación religiosa sigue siendo muy fuerte. Aún durante la Guerra Civil, los combatientes de ambos bandos nos cuidaban, porque sabían que estábamos conformados con gente del pueblo, igual que ellos.”

 

El día que acudió a la cita de inmigración, fue acompañada de su amiga Laura Alvarado, “Cuando llegamos a las oficinas, fuimos pasando de sala en sala. La persona que nos guiaba usaba una tarjeta magnética para abrir puerta tras puerta, avanzábamos por un laberinto electrónico donde al final, estaba predestinada mi partida.”

 

Cuando Alvarado le tradujo el veredicto, Zelayo que había anticipado su posible reacción, sintió que dos agujas se clavaban en sus ojos. “Traté de contenerme y le pregunté al oficial, ¿ porque me rechazan si Dios no tiene fronteras para sus hijos? Ella, en tono amable le respondió, que su obligación se limitaba a notificarle la decisión del estado. Que estaba fuera de su alcance decirle el porque.

En ese momento, dijo Zelayo,  “Pensé en Jesús durante el juicio con Pilatos y me dije, si esto es lo que me toca vivir, lo acepto con resignación. Pero estoy triste porque por primera vez como ser humano y como mujer he descubierto un nuevo espacio que me ha hecho entender que servir a Dios, escapa a las fronteras políticas del hombre. Amo a mi país y a mis conterráneos, pero por ahora quiero poder quedarme en el Canadá.”

Zelayo trataba de detener las palabras del agente de inmigración que llegaban a su oido con el mismo pañuelo que disimuladamente usaba para secarse las lagrimas. “En compañía de mi amiga Laura, Lloré, lloramos. Queria sentirme fuerte, pero se me rodaban las lagrimas rebeldes.”

 

Sintió que la voz del oficial se traducía en un mensaje que en su interior le decía,  “Soy la mano invisible de la  ley, soy su vista ciega. Soy el silencio de una voz que clausura tu destino en este país.  Solo soy parte de un sistema que no entiende lo que no llega a saber. Me toca solo decirle que no se puede quedar acá, y si se queda en contra de la ley, corre peligro.

 

“Quise gritar, pero me fui en silencio. Trataba de atrapar las palabras del oficial y cambiar su sentido. Pero luego pensé, si ustedes no me quieren, yo tampoco me pienso quedar. Iré al cadalso con mis dos maletas, llenas de los vacíos de mi vida que no aún he logrado llenar.”

Zelayo, buscó ayuda a través de la Iglesia Católica, pero como en esta ciudad no existe la orden de las Mercedarias, no encontró apoyo. Parece ser que cada congregación se rige por sus propias reglas. Además, el permiso de ausencia de su congregación, debido a su estado de salud, concluye en mayo de este año.

Yo, como el informador objetivo, trataba de líbrame de las emociones que como una locomotora viajaba por mi pecho. Pensé, yo también solo soy  un mensajero, como Mercurio. Solo puedo contar la parte de la historia que me sé y la parte que he llegado a sentir, más nada puedo hacer. 

 

Mientras conversamos, la hermana Zelaya, me ha servido tres pupusas con chocolate caliente. Ella está entusiasmada explicándome como se comen en  el Salvador. Yo las devoro con las manos, tratando que no se me caigan las salsas que las acompañan.

Afuera en las calles, Jean Charest, el Primer Ministro electo, celebra su victoria.

 

La fuerte lluvia que cae sobre la ciudad, me hace acordar del sonido de las gotas de agua cayendo sobre los techos de Zinc cuando era niño en mi pueblo natal.

En Montreal, los rayos impactan con su fuerza sobre los campanarios y las torres de cristal. En mi mente imagino escuchar las palabras de la oficial de inmigración, “Solo puedo informarle que su solicitud ha sido rechazada.”

     El 25 de abril, la hermana Virginia Zelayo de la ciudad de San Vicente, ira sola con sus maletas a encontrarse con su destino, en el aeropuerto de Montreal.

 

 

 

 

 

 

  

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