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Por.:
Christian Johnson
Un
Encuentro con los Sueños Bolivianos.
Cada primer
sábado de mes, el grupo Eco Andino celebra en el local de la
Asociación Boliviana, un espectáculo que demuestra la riqueza
cultural de América y que permite a todos los presentes viajar
por la imaginación y apagar así los fuegos de la nostalgia que
amenaza consumir a los hombres y mujeres que por muchas
circunstancias han dejado atrás los rincones de su tierra.
En el escenario al
fondo del salón, los dedos del virtuoso Willy Rivas, danzan
alegremente sobre los trastes y el cuello de un charango. En
el ambiente, una vieja canción se cuelga de la voz de Franz
Villegas, quien mientras canta, le extrae al madero y cuerdas
de una guitarra, una melodía de esas que todos conocen. Parte
de la letra de la canción dice: “Los días que se fueron jamás
volverán... tan sólo mi guitarra me acompaña por el mundo.”
Una melodía que es parte de la historia de un hombre que se ha
ido al encuentro de su destino en algún lugar remoto perdido
en la distancia; quedando sólo y en compañía de un mágico y
viejo instrumento; una vieja canción como tantas de las
nuestras.
Un encuentro
musical que inspira a cada uno a evocar sus propias
experiencias.
De repente mi
mente comienza a escaparse y regresa a mi primer viaje a
Bolivia, cuando tuve la oportunidad de navegar el lago
Titicaca y conocer a Paulino Cacasaca, uno de los viejos
artesanos que todavía fabrican las famosas embarcaciones de
totora, que inspiraron las travesías del legendario explorador
nórdico Thor Heyerdahl.
Recordé las
antiguas ruinas de Tiwanaku y su imponente Puerta del Sol, la
que ha visto ir y volver en puntillas cada día, al astro rey.
Un lugar encantado donde duermen grandes piedras que nadie
sabe como llegaron hace tanto, cuando el tiempo aún no era
tiempo.
Me acordé de mi
segundo viaje, cuando viví por más de un mes en la bella Santa
Cruz de la Sierra, durante cuya visita, la alborotada pasión
por una joven se clavó certeramente como dientes de un jaguar
en mis entrañas. Vinieron a mi memoria las extensas caminatas
nocturnas por el parque frente a la antigua catedral y por las
veredas de las calles solitarias, mirando de reojo a mi lado,
los viejos ‘horcones de cuchi’ deslizándose detrás de mis
sombras. Abrazado a mi compañera como el tradicional ‘bibosi’
abraza al ‘motacú,’ saboreando entre mis labios cada uno de
sus besos, frescos como el ‘chilche’ (tenue garúa) de la
madrugada cruceña.
Repleto de vida,
salté por encima de la torre del campanario y toqué con mis
propios dedos las puntas filosas de la luna de media noche.
Luego caí en un letargo abrazador y amanecí a la puerta del
día, acariciando con las pestañas el polvo en el zaguán.
¡Que bárbaro! Lo
que puede lograr la música y la buena compañía.
Hablando ya
seriamente, de regreso de mi viaje por el tiempo, disfruté del
encuentro hasta las cuatro de la mañana, de un buen ambiente,
la música y la compañía de una gente amable.
“Eco Andino” hace
vibrar al público con su música. El público responde, brota
espontáneamente de sus asientos y baila alegremente una
variedad interminable de ritmos andinos, cada uno con su
ancestral historia.
Conversando con
Mijail Pardo, me enteré por ejemplo, que la “Morenadas de
Oruro,” tuvieron un triste comienzo, cuando los esclavos
negros eran transportados a las minas de plata. Aún así,
encadenados a su trágica circunstancia, esos anónimos hombres
y mujeres tenían los bríos de bailar al ritmo y sonido de sus
propias cadenas. ¡Que fascinante historia!
Y ésta es solo una
parte de la gran diversidad cultural del pueblo boliviano
ubicado en el caracol montañoso del continente verde-y-blanco
americano. Una abundancia de danzas, que encierra las memorias
del altiplano, escritas en pasos y movimientos ancestrales que
recuerdan la alegría de un pueblo orgulloso.
Lo más asombroso
es que no solo los bolivianos disfrutaron; entre el público
presente había chilenos, peruanos, venezolanos, dominicanos,
panameños, quebequenses, que bailaban y disfrutaban como si se
fuera a acabar el mundo al día siguiente.
El grupo “Canta
América” como invitado especial compartió el escenario y su
rico repertorio musical latinoamericano con sus amigos de “Eco
Andino,” arrancando aplausos del publico hasta rabiar.
Este encuentro
musical es más que una suma, es una abstracción, una mágica
coincidencia, donde se multiplican los coeficientes de varios
pueblos que se reconocen y respetan por sus diferencias y
parecidos.
El encuentro que
propone “Eco Andino” cada primer sábado de mes, es una
invitación a recordar quienes somos culturalmente. Un
encuentro que deberíamos todos imitar.
¿Quién dijo que la
música andina era triste?
Algún día les
contaré como disfruté por primera ves de unas deliciosas
empandas salteñas durante una fresca mañana en Santa Cruz de
la Sierra.
El Local de la
Asociación Boliviana queda en el 7096 St. Hubert, esquina con
Jean Talón.
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