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Por.: Cristian Johnson

 

Hablando con la Pared: 

¿A donde van los barcos de papel?

 

Algunas veces me pongo a pensar en todo los caminos que he recorrido en mi vida para llegar a estar sentado delante de este teclado, escribiendo palabras que no sé si tendrán algún destino. Hoy quiero contarles algunas de mis experiencias con la esperanza de que Uds. también me escriban contando las suyas.

Cuando era muchacho y vivía en Maturín, una ciudad en la zona petrolera venezolana, no había tantos juguetes como hoy en día. Uno de los tantos pasatiempos de la época invernal, era hacer barcos de papel y dejarlos navegar por las torrentosas aguas que bajaban por la calle delante de mi casa. Las aguas color chocolate cubrían la calle de lado a lado mientras llovía y bajaban hasta un caño ubicado entre el cementerio y el manicomio. Esos eran prácticamente los confines de mi mundo infantil. Yo me preguntaba, a donde irán a parar estas hojas arrancadas de mi cuaderno escolar? Al manicomio o al cementerio? 

 

Mi madre se sentaba a la puerta de la casa a conversar con Dalia la vecina, sobre las cosas cotidianas de la ciudad. Las aceras eran altas, prácticamente había que encaramarse para cruzar la calle. Algunas personas decían que eran así porque de esa manera era más fácil subirse a los caballos. Otros pensaban que era para evitar que el agua entrara a las casas cuando llovía. Nunca vi jinetes en el vecindario subiéndose a nada; debió haber sido en los tiempos antes de la llegada del automóvil.

Vivíamos al frente de la plaza Ayacucho en un sector bastante céntrico de la ciudad, a pocos pasos de la escuela donde hice mis estudios de primaria. La televisión no llegaba todavía y la gente  para distraerse caminaba de noche por la plaza, especialmente los jueves en la noche cuando la banda municipal daba retretas bajo la dirección del maestro Amador.

Vivíamos bajo la dictadura militar y cuando había toque de queda no se podía salir a la calle y las emisoras de radio tocaban música clásica. Las noticias eran todas controladas por el gobierno. Como han cambiado las cosas desde entonces. El mundo ha cambiado tanto que a veces no me distingo entre los afiches de publicidad y las calles desbordadas de automóviles.

A las seis de la tarde me pegaba al aparato de radio a escuchar las novelas del “Fantasma, el duende que camina," mientras me tomaba una jarra de jugo de papelón –jugo de limón endulzado con raspadura de caña de azúcar-  El domingo después de misa  iba al cine o a cazar pájaros en los montes cercanos a la ciudad.

 

Entonces viajamos, buscando “mejores condiciones de vida.” Nos alejamos de la tierra que nos vio crecer, de los amigos, de la familia de los lugares donde aprendimos a andar en bicicleta o en patín. Las navidades se hacen como en las películas y las memorias se van quedando en las caras de la infancia.

 

Sigo sintiendo profunda nostalgia cuando visito los viejos parques de las ciudades por donde transito. Aquí en Montreal, quisiera jugar canicas en el parque St. Henry con algún amigo del pasado.

Voy a dejar que este barquito de papel salga a navegar entre las personas que se detienen a leer este mensaje que he dejado en el fondo de una botella. Cada persona tendrá una historia que contar. Caminos construidos en los tiempos idos que todavía son como fantasmas que no acompañan sin cesar, llevándonos por las distancias de la mente a los lugares mas íntimos de nuestro ser.

Y tu? Que rumbo tomaron tus barquitos de papel?

 

  

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