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Por.:
Christian Johnson
Padre Víctor Guevara
Saliendo
de Montreal, cruzando el rió San Lorenzo y atravesando la
reservación indígena de Kahnawakee, está la iglesia Nuestra
Señora de la Asunción. En el altar un sacerdote salvadoreño
ofrece la misa dominical en la comunidad de Chateaugay.
Tan
largo como el camino para dar con este lugar, es la vida
religiosa de Víctor Guevara Sigüenza. Él es de Isalco, pero
fue mientras vivía con su familia en San Julián que descubrió
su disposición por servir a Dios. “Cuando tenia apenas 12 años
ingresé al seminario de San José de la Montaña. Ya han pasado
60 años y sigo amando el sacerdocio como el primer día,”
aseveró el padre Guevara.
Después
de estudiar en la Universidad Javeriana de Bogotá se ordenó de
sacerdote en el año 55 en San Salvador.
En
el 57 hace su primer viaje a Montreal para estudiar sociología.
Dos años después regresa a El Salvador y mientras tenía a su
cargo el orfanato de San jacinto, se le cumplió uno de los sueños
de su vida, viajar a Paris. Allá en el Instituto Católico,
hizo sus estudios de pastoral, para luego volver a su país
natal y vivir, lo que él considera, “Los mejores cinco años
de mi vida, cuando me hice cargo de la muy lejana parroquia de San Antonio de los Ranchos, no
había convento, solo una pequeña Iglesia,” dijo en tono
melancólico el padre Guevara. Allí me di cuenta del
sufrimiento de los campesinos y de su bondad. Es gente de un
corazón noble, capaz de hacer todo por su prójimo,” afirmó
el padre Guevara.
Fue
en esa época, que decide celebrar
el primer festival del maíz, en el departamento de
Chalatenango, después de percatarse de la gran importancia
cultural de este producto entre los pobladores de la región.
Este festival sirvió para estimular muchas actividades, como la
elaboración de las ahora famosas artesanías de la tusa. “He
visto el fruto de lo que sembré hace tantos años, llegar hasta
mí a través de la distancia,” agregó el padre Guevara.
Cuando
la situación se tornó difícil en El Salvador,
“Mis actividades en contra de las
injusticias me prepararon el camino al exilio, sino salgo
me hubieran matado. Monseñor Romero me dijo, ‘mejor te vas,
para que vuelvas después,’” recordó el padre Guevara.
Valiéndose
de sus viejas amistades, llega a Montreal en el 79, donde se
hizo cargo de varias parroquias sirviendo con dedicación a la
comunidad local y la latinoamericana, en especial a los
trabajadores agrícolas mejicanos que vienen todos los años a
la provincia de Quebec. “Aquí hay también hay muchos
salvadoreños que desarrollan muchas actividades positivas, que
trabajan duro, pero también hay unos pocos que no se han
adaptado bien y abusan del sistema,” agregó el padre Guevara.
El
paso de los años alejado de su patria, ha dejado huellas en la
disposición del padre Guevara, muchas veces cuando le faltan
las palabras, intercala una que otra en
Francés. En tono jocoso, dijo, “Nunca extraño la
comida salvadoreña, porque nunca he dejado de comer, le he enseñado
a mis amigos a preparar, las pupusas, los frijoles y las
tortillas así siempre la puedo disfrutar. Yo me adapto a todo
menos la
injusticia.”
Sin
embargo, dice que le hubiera gustado volver con su gente y su
cultura a vivir sus años finales, “Pero ya no quedan mis
amigos, todos los sacerdotes que conocí han muerto, ya mucha
familia no está y me siento como un extraño. Aquí en Canadá
he echado raíces y es me es difícil regresar,”concluyó con
gran tristeza el padre Guevara.
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